La intimidad en la pareja conlleva intimidad física y parece que la combinación de intimidad emocional y física genera miedo, una vez pasados los ímpetus del enamoramiento. Miedo a diluirse en el otro, de dejarse dominar, de perder los referentes de la propia identidad, de que el otro dañe, así como de dañarlo, de que haya vislumbrado tan profundamente nuestro ser verdadero que ya no podamos volver a ponernos nuestra coraza defensiva. Rof Carballo hablaba de cómo la ternura lleva, en sí misma, la semilla de la agresividad que surge cuando uno se siente más entregado y se activa el temor de que el amor nos lleve a perder la identidad, a dejar de ser. Difícil equilibrio entre dos ansias: la de ser y la de amar.

Texto extraído del libro de Carmen Durán, “Amor y dolor en la pareja”.

En la relación de intimidad de la pareja, además de relacionarse el adulto de cada uno de los miembros que la forman, también se relacionan el niño/a que cada uno de ellos lleva dentro. A la relación se llega con lo que uno es y siente, con el miedo, la angustia, las defensas, las emociones, la vulnerabilidad, el temor a que nos hieran y la capacidad de amar. Cuando se produce el desencuentro, además del dolor de la propia situación en sí, lo que aflora es el dolor de cada uno de los integrantes, el dolor que se arrastra  desde la infancia.  En la persona, desde el momento en que se abre la vida, lo que es indudablemente universal es  la necesidad de ser queridos.

Os animo a cuestionaros ¿cómo amo yo? y ¿cómo daño yo?. La primera pregunta no resulta difícil de contestar, la segunda ya es otra cosa… Ahí os lo dejo.

Por Belén Hernández.

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