Publicado el 02/04/2012 por Fernando Alcina

Todos hemos oído alguna vez aquello de más vale malo conocido que bueno por conocer, y generalmente lo que se quiere decir con esto es que lo novedoso es potencialmente peligroso. Si no cuestionamos esta afirmación queda más que justificada la conducta de permanecer en lo malo conocido. Lamentablemente esto implica aceptar vivir insatisfechos.

«Si piensas que la aventura es peligrosa, prueba la rutina. Es mortal» Paulo Coelho

La conducta aprendida

Lo cierto es que lo malo conocido puede permanecer muchos años sin causarnos ninguna molestia, pero generalmente la vida nos acaba poniendo ante situaciones en las que nuestros automatismos (nuestros patrones, nuestros “malos conocidos”) no sólo no nos sirven sino que nos abocan irremediablemente al sufrimiento. Un claro ejemplo de esto lo protagonizó el señor P, que creció viendo como sus padres sólo le dedicaban una cálida sonrisa si le veían esforzándose, de forma que, entre otras cosas, siempre le acariciaban la cabeza cuando le veían estudiando, le llevaban siempre encantados a los duros entrenamientos y le abrazaban cuando traía buenas notas a casa. Sin embargo cuando consideraban que estaba perdiendo el tiempo sus miradas eran fulminantes y se sentía aterrado. En esos momentos ya no sentía la seguridad de saberse querido y le inundaba el miedo al desamor. El señor P tuvo que aprender, como todos, a comportarse de forma que su supervivencia quedase garantizada.

Obviamente este aprendizaje tiene que ver con que durante la mayor parte de nuestra historia evolutiva sólo sobrevivían los que no causaban muchos problemas a sus padres, y no con una intencionalidad consciente durante la infancia.

Así es que con este caldo de cultivo el señor P se ha convertido en un adulto adicto al trabajo que se enorgullece mucho de ello, critica duramente a los holgazanes como ya hicieran sus padres y la sensación de seguridad (y como consecuencia la ausencia de amenaza) le inunda a lo largo de sus eternas jornadas de trabajo. En realidad no es adicto al trabajo sino a las sustancias que segrega su propio organismo al trabajar (las mismas que segregaba cuando sus padres le sonreían). Es adicto a ese patrón de actividad cerebral y a la emoción que la acompaña.

Cuando la conducta aprendida te hace sufrir

Y es fácil suponer que comportarse así le habrá procurado al señor P mucho éxito económico y que ni por asomo se le habrá ocurrido nunca pensar que tiene un problema. Nunca hasta una triste mañana de hace cuatro meses en la que recibió una llamada de su mujer diciéndole que quiere el divorcio, que no puede más y que para estar siempre sola prefiere conocer a otra persona, que incluso al viaje de su luna de miel se llevó trabajo y tuvo ella que bajar todos los días sola a la playa y que, si no consigue cambiar y prestar más atención a su familia, se marchará junto a la hija de ambos para siempre.

En los segundos posteriores a esa llamada el señor P experimentó una gran activación corporal. Sintió miedo y confusión durante unos segundos pero rápido se refugió en la rabia. No podía entender a su mujer, con lo responsable que él había sido siempre…

Paradójicamente aquel patrón que tuvo que aprender para sentirse amado le estaba ahora conduciendo a la tan temida experiencia de desamor.

La toma de conciencia

El señor P se victimizó durante varios días culpando a su mujer de su desasosiego hasta que, finalmente, asesorado por uno de sus hermanos que ya no podía soportar más sus quejas por lo injusta que era la vida, acudió a terapia.

Tras tres meses de tratamiento hemos tenido una sesión en la que el Señor P ha experimentado un gran alivio al tomar conciencia de que, lejos de ser su mujer, es él mismo quien se genera todo ese sufrimiento. En esta sesión el señor P comenzó hablando de lo mal que se había sentido el día anterior por tomarse la tarde libre. Lo hizo para acompañar a su mujer a una reunión de padres en el colegio de su hija, y la situación estaba siendo soportable para él hasta que, tras la reunión, su mujer le sugirió que fueran a tomar un café antes de regresar a casa. Fue allí, en la cafetería, donde comenzó a sentir tensión en casi todos sus músculos, se le secó la garganta y notó que le sudaban las manos. Llegó a asustarse y estuvo a punto de llamarme para preguntarme qué podía hacer. Le pedí que cerrase sus ojos y que describiese la escena en primera persona y en presente, y al hacerlo el señor P comenzó a revivir esas sensaciones desagradables que se fueron intensificando hasta que comenzaron a caer lágrimas de sus ojos cerrados. En ese punto le pregunté que qué estaba sintiendo y me dijo que culpabilidad y mucha vergüenza, y acto seguido me dijo que hacía muchísimos años que no tenía estas sensaciones y que se estaba acordando de la única vez que suspendió una asignatura. Aquel día sus padres miraron las notas y no le dijeron absolutamente nada, ni una palabra. Él quiso explicarles pero ellos no le escucharon, ni siquiera le miraron. Aquello duró varios días y fue para él horrible. Le pedí entonces que describiese esa escena del momento en que sus padres vieron su suspenso como si estuviese sucediendo en el momento y entonces su voz se suavizó y comenzó a hablar como el niño que fue, su llanto se multiplicó y le sugerí que imaginase a sus padres delante de él y que les hablase, que les dijese lo que necesitase y entonces el señor P (o mejor dicho el niño P) gritó enfadado y les dijo a sus padres imaginarios que no era justo que le retiraran el cariño de esa manera, que siempre se estaba esforzando por contentarles y que él necesitaba que le quisieran siempre y no solo cuando cubría sus expectativas. Acto seguido le pedí que girase su cuerpo 90 grados y que observase a ese niño que acababa de hablar. Su rostro cambió y el enfado dio paso a la compasión, a la auto-compasión, y de nuevo le sugerí que aprovechase la ocasión para hablarle a ese niño. Apenas pude escuchar un susurro en el que le decía que no tenía por qué sentirse culpable y espontáneamente hizo el gesto de abrazar a aquel niño. La escena era preciosa: el señor P se estaba dando a sí mismo aquello que no recibió, y parecía estar completando el ciclo de una necesidad frustrada(no por sus padres, que sin duda hicieron lo que pudieron de la mejor manera que supieron, sino por él mismo al reprimir su queja, al contener toda la tensión generada en su cuerpo).

Conclusión

Le pedí finalmente que regresara a la escena de la cafetería con su mujer y el señor P pudo revivir ese momento de ocio desde esta nueva actitud, sintiéndose protegido, auto-protegido y relajado, y descubriendo que el acontecimiento neutro “tomar café con su mujer” había sido pintado por él con los colores de la culpabilidad y la vergüenza, influido por sus experiencias previas. Y que, afortunadamente, es posible disfrutar en el descanso.

Esta experiencia por sí sola no eliminará un patrón tan fortalecido durante años y, sin duda, el señor P seguirá por mucho tiempo experimentando malestar durante los primeros segundos de su tiempo de ocio. No obstante ya sabe, ya es consciente de que es posible vivir de otro modo lo bueno por conocer.
Tras la experiencia le pedí que fuese poco a poco abriendo sus ojos y regresando al encuentro conmigo.

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