CURSO SUPERVISIÓN TERAPIA GESTALT

“¿Cómo es posible que los niños no sólo luchen continuamente entre sí, sino que  se sientan completamente felices cuando los adultos se revuelcan con ellos, se dejan derribar con empujones, puñetazos, con golpes y zancadillas mientras emiten sonidos salvajes, ríen, y en ocasiones también lloran…? ¿No es este juego una necesidad básica que tienen en común los niños humanos con muchos animales mamíferos? ¿Es acaso una estrategia importante que sirve para desarrollar el “cerebro de los mamíferos” (el sistema límbico) y por lo tanto coordina los sentimientos, las capacidades motrices y sensoriales creando de este modo en los seres humanos los canales necesarios para que maduren las capacidades cognitivas?

…. Precisamente aquí los límites se viven con mucha más intensidad que en cualquier otro tipo de juego. El estrecho contacto de los cuerpos permite sentir más intensamente dónde acaba un organismo y dónde empieza otro.…¿hasta dónde puedo atreverme? ¿Qué me permito y qué no? ¿Qué me hace daño, cuándo hago daño al otro? ¿Qué me asusta? ¿Cómo puedo asustar al otro sin llegar a herirle?”  Rebeca Wild “Libertad y límites, amor y respeto”

Cuando los niños llevan a cabo juegos de lucha somos los adultos los que nos asustamos con estos juegos con el temor de que se hagan daño, y a veces es inevitable. Estos juegos se extienden incluso a la adolescencia  y se detienen en el período en que su fuerza y sus cuerpos adultos detectan que si siguen luchando se pone en peligro la integridad física… decía entre risas un buen amigo “hasta que sepan que si se pelean se matan”

La agresividad, no la violencia, es la energía que nos permite llevar adelante una acción,  enfrentarnos a una dificultad y la capacidad de poner límites, enfadarnos, confrontar con el otro lo que no nos gusta y defendernos de aquello que nos daña. La lucha es necesaria para el crecimiento, conocer mis límites y los del otro es condición sine qua non para reconocernos.

Los adultos en nuestro crecer, como un ajuste social necesario para la convivencia, hemos ido limitando el contacto corporal tanto en lo amoroso como en lo agresivo… y el temor se ha instalado en nuestro cuerpo y en nuestros corazones. Cuando en los trabajos de grupo nos dan permiso para el contacto y el juego se vuelven a abrir esos caminos sensoriales y cognitivos y, aun con la dificultad, la experiencia nos hace estar más en contacto con nosotros y con el otro.

Atrevernos a poner en el mundo nuestra agresividad, hablar de nuestros límites y los del otro es atrevernos a vivir y a ser.

Gracias Rebeca, por enseñarnos una mirada limpia a los niños.

PorBelén Hernández

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